El estudio, elaborado por el Barómetro de la Deuda Social de la Infancia bajo la coordinación de Ianina Tuñón, advierte que la vestimenta trasciende la mera protección térmica de cara al invierno para convertirse en un factor determinante del bienestar, la construcción de la identidad, la autoestima y la integración social de las infancias.
La investigación analiza la evolución de la pobreza infantil entre 2018 y 2026, destacando que, tras haber alcanzado un pico histórico del 70,4% en 2024, la pobreza monetaria en los menores se ubica actualmente en el 42,5%, mientras que la indigencia afecta al 9,5%. Si bien las cifras actuales muestran una retracción que retrotrae la indigencia a niveles de 2019 y la pobreza a valores de 2018, los especialistas remarcan que los niños continúan siendo el sector más golpeado de la población. Esta vulnerabilidad estructural se entrelaza con otros indicadores preocupantes: cuatro de cada diez padres reconocen que sus hijos enfrentan dificultades para aprender o carecen de deseo de asistir a la escuela, al tiempo que dos de cada diez manifiestan problemas para entablar amistades o integrarse a grupos de pertenencia.
Asimismo, el reporte de la UCA pondera el rol de las políticas de contención como la Asignación Universal por Hijo y la Tarjeta Alimentar. Aunque estos esquemas resultan insuficientes para erradicar la pobreza —que pasaría del 42,5% al 47,8% sin su existencia—, sí funcionan como un dique crítico contra la indigencia extrema, la cual treparía del 9,5% al 16,4% si se retiraran las transferencias. Frente a este panorama, las autoridades de la UCA enfatizaron que la pobreza sufrida durante la infancia genera secuelas físicas, cognitivas y sociales irreversibles, dado que las carencias acumuladas en la etapa de desarrollo difícilmente logran compensarse en la vida adulta.