La normativa, impulsada por el presidente Emmanuel Macron para el inicio del ciclo lectivo europeo, obligará a las plataformas a cerrar cuentas existentes y aplicar sistemas estrictos de verificación de edad validados por las autoridades de protección de datos.
La medida sigue los pasos de Australia, que en diciembre pasado restringió el acceso hasta los 16 años, y se suma a la iniciativa de países como España, Dinamarca y el Reino Unido, que avanzan en marcos regulatorios similares.
Informes internacionales, estudios académicos (como el publicado en JAMA) y especialistas de la salud advierten sobre los riesgos del uso precoz e intensivo de dispositivos digitales en etapas clave del neurodesarrollo:
Deterioro cognitivo y emocional: La exposición a pantallas antes de los 13 años se vincula con un menor rendimiento en memoria y lenguaje, además de favorecer cuadros de baja autoestima, ansiedad y ciberacoso.
Aumento de adicciones y ludopatía: Especialistas alertan sobre la sobreestimulación de dopamina en el cerebro infantil —comparable a mecanismos adictivos severos— y el crecimiento del juego online, donde entre un 20% y un 30% de los jóvenes en edad escolar participan de apuestas deportivas.
Presión por la validación digital: La búsqueda constante de aprobación a través de likes y la comparación social permanente inciden directamente en el aumento de trastornos depresivos e índices de autolesiones en adolescentes.
Aunque la restricción legal marca un límite claro para las empresas tecnológicas, los profesionales enfatizan que la ley debe complementarse con el rol activo de las familias:
Retrasar el acceso: Psicólogos y pediatras coinciden en posponer el ingreso a las redes sociales idealmente hasta los 15 o 16 años, y establecer "cero pantallas" de 0 a 6 años.
Límites y presencia: Fijar reglas claras sobre horarios y espacios libres de dispositivos (como la mesa o el dormitorio durante la noche), supervisar los contenidos y fomentar el diálogo sin demonizar la tecnología.
El ejemplo de los adultos: El acompañamiento familiar y la coherencia en el propio uso del celular por parte de los padres resultan indispensables para construir hábitos digitales saludables.