La aprobación en la Legislatura bonaerense del proyecto "Camino del Mar" para la Ruta 11 —con sus promesas de miradores, iluminación para paseos y beneficios para emprendimientos gastronómicos— volvió a encender la bronca en Necochea, Quequén y la zona. No porque el turismo no importe, sino porque la prioridad de la región sigue estando trágicamente desviada.
Mientras en la Costa se discute cómo hacer más lindo el paisaje para el visitante de fin de semana, la Ruta Provincial 88 sigue siendo una pesadilla diaria y una trampa mortal para las personas comunes que la tienen que transitar por necesidad.
La realidad de la 88 pasa, sobre todo, por las historias de los vecinos de todos los días:
Salud y urgencias: La familia que tiene que viajar a la madrugada a Mar del Plata porque en el hospital local no hay un especialista o para hacer un tratamiento en el Materno Infantil o el HIGA.
Estudiantes: Los cientos de pibes y pibas de Necochea, Quequén, Lobería u Otamendi que van y vuelven todos los fines de semana en colectivo o compartiendo auto para estudiar en la Universidad Nacional de Mar del Plata.
Trabajo y trámites: Los laburantes que hacen el trayecto a diario entre Batán, Mechongué, Miramar y nuestra ciudad para ganarse el mango.
Para toda esa gente, agarrar la Ruta 88 no es un "paseo": es un momento de estrés, tensión y miedo constante.
Cualquiera que viaje seguido por la 88 sabe lo que se siente al cruzarse con la niebla de invierno o encarar el trayecto de noche. En los últimos días, meses y años, la crónica policial local no ha parado de sumar episodios trágicos en tramos críticos como El Boquerón, el acceso a Mechongué, Batán o las cercanías a Quequén:
Choques frontales en sobrepasos: Al ser una ruta de un solo carril por mano y con un caudal de tránsito altísimo, cualquier intento de adelantamiento se convierte en una maniobra de riesgo extremo. Un error de cálculo o una luz encandilante termina en tragedias donde chocan autos de frente.
Volcamientos y despistes por banquinas destructivas: En muchos sectores, las banquinas son una trampa de tierra, barro o desniveles pronunciados. Basta con que una rueda muerda la banquina a 90 km/h para perder el control del vehículo y terminar dando vueltas en la zanja.
Inundaciones y niebla sin señalización: Durante los días de lluvia intensa o niebla cerrada, la falta de demarcación reflectante y de iluminación en los cruces clave transforma el viaje en una lotería a ciegas.
Cada uno de esos accidentes no es una simple estadística de tránsito: es un vecino herido, una familia destrozada o una vida que se pierde en una ruta que hace décadas debería ser una autovía o, al menos, contar con carriles de sobrepaso seguros y banquinas asfaltadas en condiciones.
Que la Provincia de Buenos Aires dedique tiempo legislativo, proyectos de ley y recursos para poner cartelería interpretativa y áreas de descanso en la Ruta 11 mientras la Ruta 88 junta pozos, cruces oscuros y cruces fatales es una muestra clara de prioridades distorsionadas.
Nadie pide que no se invierta en turismo, pero la vida de la gente que viaja por salud, estudio o trabajo no puede valer menos que la comodidad de quien va a tomar un café a Chapadmalal.