La falta de obras estratégicas y las demoras en la extensión del Gasoducto Perito Francisco Pascasio Moreno (ex Néstor Kirchner) obligaron al Gobierno a priorizar el consumo de los hogares y a empujar al sector productivo a una encrucijada letal: parar la producción o importar gas a precios internacionales astronómicos.
El cuello de botella no está bajo tierra, sino en las tuberías. Al no terminarse a tiempo la infraestructura clave para transportar el fluido desde Neuquén hacia los principales centros urbanos e industriales del país, el sistema quedó rengo justo en medio de la peor ola de frío polar del año.
El impacto de este parate de obras golpea de lleno y sin anestesia al eslabón más débil del entramado productivo: las pequeñas y medianas empresas. A diferencia de las grandes plantas industriales que se conectan de manera directa a los gasoductos de alta presión, las pymes se cuelgan de las redes de distribución residencial.
Cuando el termómetro perfora los cero grados y el consumo en los hogares explota, las distribuidoras ejecutan el protocolo de emergencia: cierran la llave de paso de las fábricas para garantizar que no falte gas en las cocinas y estufas de las casas.
El panorama que reporta la Unión Industrial Argentina (UIA) es alarmante:
1 de cada 2 empresas evalúa disminuir drásticamente o frenar su actividad durante este mes porque el costo energético se volvió inviable.
Fábricas de sectores clave como la cerámica, ladrillos y materiales de construcción comenzaron a implementar paradas técnicas de hasta 25 días.
Para evitar que los hornos continuos se destruyan, muchas firmas gastan fortunas solo para mantenerlos a temperatura mínima, sin llegar a producir una sola unidad.
Para las empresas que intentan mantener las líneas de producción encendidas bajo contratos "interrumpibles", la alternativa es pagar el costo real del combustible importado. Pero el timing internacional no ayuda: la escalada de la guerra en Medio Oriente hizo saltar el precio del Gas Natural Licuado (GNL) en el mercado global.
El golpe al bolsillo industrial: Las empresas que hasta hace unas semanas pagaban en promedio 4,50 dólares por millón de BTU para producir, hoy se encuentran con facturas que trepan hasta los 23 o 26 dólares por la misma cantidad de energía. Una suba de casi el 500%.
Para sostener el tan mentado equilibrio fiscal, el Estado resolvió no absorber este incremento con subsidios ni trasladarlo a las tarifas residenciales para no recalentar la inflación. ¿El resultado? Todo el sobrecosto de los barcos regasificadores que ingresan al país fue cargado directamente sobre las espaldas del sector productivo.
Desde la Secretaría de Coordinación de Energía y Minería salieron a llevar tranquilidad a la población, asegurando que "no va a faltar gas en las casas en la medida que no haya un imponderable". Sin embargo, el malestar en el sector industrial escaló al punto de que varias cámaras empresarias ya amenazan con recurrir a la Justicia debido a que los cortes están afectando incluso a los contratos de abastecimiento firme.
La paradoja energética argentina del 2026 queda expuesta de la peor manera: nos sobra gas para exportar al mundo, pero nos faltan las obras de transporte necesarias para abastecer a nuestras propias fábricas.