El fallecimiento de Lidia Estela Mercedes Miy Uranga, universalmente conocida como Taty Almeida, marca el cierre de un ciclo histórico para el movimiento de derechos humanos en la Argentina. A los 95 años, tras permanecer internada en estado crítico en el Hospital Italiano, su partida reconfigura el escenario político de la memoria colectiva en un momento de profunda disputa discursiva en el país. Su deceso fue confirmado por su entorno familiar el domingo por la noche.
Nacida en el seno de una familia de fuerte tradición militar, la trayectoria de Almeida rompió con los mandatos de su propio origen. Su vida cambió drásticamente el 17 de junio de 1975, cuando la organización paraestatal Triple A secuestró a su hijo Alejandro, de 20 años. Aquel "esperame, ya vengo" se convirtió en el motor de una militancia de medio siglo.
El valor político de Taty Almeida radicó en su capacidad para interpelar a los propios cuadros castrenses en los albores del terrorismo de Estado. Golpeó las puertas de figuras que luego serían jerarcas de la dictadura militar, como Albano Harguindeguy y Leopoldo Galtieri, desarmando la justificación interna del régimen. En 1979 se integró formalmente a las Madres de Plaza de Mayo y, tras la fractura interna de 1986, se consolidó como el cuadro más visible de la Línea Fundadora, apostando siempre a la construcción de consensos institucionales.
Su última aparición pública masiva se registró en abril de 2026, cuando la Universidad de Buenos Aires le otorgó el doctorado honoris causa. En aquel Aula Magna, ante una audiencia compuesta mayoritariamente por agrupaciones juveniles, pronunció su último legado conceptual, recordando que la militancia es, ante todo, un compromiso con el futuro. La despedida oficial se realizará en la sede del sindicato Foetra.