Lo que comenzó como una lluvia copiosa el 20 de abril, terminó ocho días después con una masa de 30.000 millones de toneladas de agua bajando por la cuenca del Quequén, arrasando con todo a su paso.

El lunes 28 de abril de 1980, la ciudad cambió para siempre. La presión del agua, que traía consigo troncos, animales y restos de viviendas de la ribera, fue demasiada para la infraestructura vial:
Puente Ignacio Ezcurra: El símbolo de la unión portuaria sufrió el derrumbe de su sección central de 130 metros. Desde aquel día, su ausencia se convirtió en una deuda histórica que todavía hoy, en 2026, sigue sin respuesta.
Puente Ferroviario: El viejo gigante que conectaba con la Estación Necochea (clausurada en el '66) no resistió los embates y terminó de colapsar, dejando solo los pilares que aún hoy asoman como fantasmas en el río.

La fuerza de la corriente en la desembocadura fue tal que las amarras de los buques se cortaron como si fueran hilos. El puerto quedó inactivo y el panorama era desolador:
El Pesquera II y el Anna C. se hundieron en pleno canal de acceso.
El Pesquera III terminó encallado en las playas de Bahía de los Vientos.
El buque Caribea, que estaba inmovilizado por problemas legales, fue arrastrado hasta la Colonia Pinocho en Quequén.
La Junta Nacional de Granos perdió sus cintas transportadoras y los muelles quedaron socavados, dejando a la principal arteria económica de la región fuera de combate por meses.

La inundación no solo afectó al 40% de la provincia y destruyó miles de explotaciones rurales; cambió la lógica social de nuestras ciudades. La Terminal de Ómnibus tuvo que ser evacuada y cientos de familias de la ribera perdieron sus hogares, escuelas y clubes bajo el barro.

La herida abierta: Para los vecinos de Quequén, la caída del Ezcurra significó un aislamiento que alteró el comercio y el turismo. La "nunca concretada" reconstrucción del puente sigue siendo, casi medio siglo después, el recordatorio constante de aquel abril donde la naturaleza nos mostró su rostro más violento.