Las tensiones entre Washington y La Habana volvieron a escalar. Durante una cena privada en West Palm Beach, Florida, Donald Trump afirmó que podría “tomar el control de Cuba casi de inmediato” una vez concluida la operación militar en Irán. El comentario, formulado en un encuentro cerrado del Forum Club, combinó el tono performático habitual del mandatario con insinuaciones de presión militar en el Caribe.
Según asistentes al evento, Trump mencionó la posibilidad de enviar el portaviones USS Abraham Lincoln al Caribe y situarlo a escasa distancia de la costa cubana. Colaboradores del mandatario intentaron luego restarle dramatismo, describiendo la escena como un gesto humorístico. Sin embargo, las declaraciones coincidieron con un movimiento concreto: la firma de un nuevo paquete de sanciones contra la isla.
El decreto amplía las restricciones anunciadas a comienzos de año y apunta a sectores estratégicos como energía, minería, Defensa y servicios financieros. También incorpora límites para bancos extranjeros que operen con el gobierno cubano y nuevas trabas migratorias. Desde La Habana, el presidente Miguel Díaz-Canel calificó el bloqueo como “genocida”, mientras que el canciller Bruno Rodríguez lo definió como un “castigo colectivo”, vinculando el anuncio a la masiva movilización del 1° de mayo frente a la embajada estadounidense.
La ofensiva no surge de la nada. Desde enero, la presión sobre Cuba se intensificó en paralelo al derrocamiento del presidente venezolano Nicolás Maduro, cuyo gobierno era un proveedor clave de petróleo para la isla. Trump había advertido que, sin un acuerdo con Washington, no habría más combustible ni financiamiento procedente de Caracas. A ese frente energético se sumaron declaraciones sobre una posible “toma de control amistosa”, el rechazo del Senado a limitar eventuales operaciones militares y acusaciones sobre presencia de inteligencia extranjera en territorio cubano.
Pese al clima de confrontación, ambos países mantienen canales diplomáticos abiertos: el 10 de abril hubo reuniones de alto nivel en La Habana. En la isla, el gobierno movilizó a cientos de miles de personas en defensa de la soberanía y aseguró haber reunido más de seis millones de firmas, aunque sectores opositores cuestionaron el proceso.
Mientras tanto, distintos gobiernos —entre ellos Alemania— expresaron su rechazo a cualquier intervención militar y pidieron una salida basada en el diálogo. La comunidad internacional observa con preocupación cómo se estrecha el cerco sobre una Cuba golpeada por apagones, escasez y un bloqueo energético persistente.