El discurso de Arturo Rojas en la apertura de sesiones ordinarias dejó una sensación difícil de disimular: el intendente no habló para los vecinos, habló para la política. Y más específicamente, para la política provincial. Su intervención estuvo marcada por una seguidilla de críticas al Gobierno Nacional, un elogio explícito al gobernador Axel Kicillof y una defensa forzada de su gestión que parece más un posicionamiento interno que un diagnóstico real de Necochea.

Rojas eligió instalar una narrativa donde él aparece como víctima del “abandono nacional” y como socio estratégico de la Provincia. No es casual: Kicillof atraviesa presiones crecientes de intendentes que buscan reabrir la discusión sobre la reelección indefinida, y Rojas —que ya no puede volver a presentarse bajo las reglas actuales— necesita quedar bien parado en ese tablero. Su discurso, más que municipal, sonó a guiño político. Un coqueteo evidente. Y ese coqueteo no es inocente: mientras se alinea con el gobernador, también mueve sus fichas para ubicar a su mano derecha, el abogado Ernesto Povilaitis, como presidente del Puerto Quequén, un cargo clave para su armado político y para sostener poder más allá de su mandato.
Mientras tanto, la realidad local quedó afuera del recinto. El intendente volvió a insistir con su versión del conflicto por el Casino, una historia que ya no se sostiene ni en lo jurídico ni en lo fáctico. La situación judicial es clara: hubo irregularidades, hubo fallos adversos y hubo errores de gestión. Sin embargo, Rojas prefirió repetir su libreto antes que asumir responsabilidades.
Lo más llamativo es que el mismo 5 de marzo, la revista Billiken —sí, Billiken— publicó en redes sociales un informe mostrando el estado de abandono total del Complejo Casino. Un medio infantil tuvo que exponer lo que el Ejecutivo municipal intenta maquillar desde hace años. Esa imagen, más que cualquier discurso, revela el verdadero estado de la gestión.
En paralelo, los problemas estructurales de Necochea siguen intactos: calles destruidas, falta de servicios, barrios olvidados, obras que no llegan y una administración que parece más preocupada por su futuro político que por el presente de los vecinos. Mientras Rojas se posiciona, la ciudad se estanca.
Incluso sectores opositores con miradas muy distintas coincidieron en algo: el intendente habló de una ciudad que no existe. Juan Cerezuela lo dijo sin rodeos: “Básicamente habló de una ciudad que no existe”. Marcelo Rivero fue igual de claro: “Si uno recorre los barrios, la realidad es totalmente distinta”.

El problema no es solo lo que Rojas dijo, sino lo que decidió no decir. No hubo anuncios concretos, no hubo autocrítica, no hubo un plan para resolver lo urgente. Hubo, sí, un mensaje político cuidadosamente dirigido hacia La Plata.
Rojas puede seguir ensayando su alineamiento con Kicillof o especulando con su futuro partidario. Pero mientras no mire a Necochea, mientras no reconozca lo que pasa en las calles y mientras siga construyendo relatos para sostenerse, la distancia entre su discurso y la realidad será cada vez más evidente.
Y esa distancia, tarde o temprano, se paga.