El cierre del fin de semana largo de Carnaval y el tramo final de la temporada alta de verano 2026 dejan un saldo preocupante para el sector hotelero formal. Lejos del optimismo de las cifras oficiales, los datos concretos que manejan los establecimientos reflejan un escenario de menor ocupación, rentabilidad ajustada y una contracción estructural que lleva años profundizándose.
La temporada actual consolidó una tendencia a la baja. Tras un verano anterior que ya había registrado una merma del 20%, los números de este año marcan una nueva caída que ronda el 30% interanual.
El análisis de la facturación y los costos operativos expone la crisis de rentabilidad que atraviesa la hotelería tradicional:
Promedio de ocupación: Durante los meses de enero y febrero, la ocupación hotelera promedió el 50%, con picos del 60% al 65% únicamente en establecimientos puntuales o durante el fin de semana de Carnaval. Sin embargo, cuatro o cinco días de alta demanda no logran compensar la estructura de costos mensuales.
Carga impositiva: Actualmente, el 62% de la facturación del sector corresponde al pago de impuestos y cargas sociales.
Desfase salarial: La distorsión entre los costos operativos y las tarifas es histórica. Años atrás, el equivalente a diez días de ocupación de una habitación alcanzaba para cubrir un salario empleado; hoy, se requiere prácticamente el mes completo de ocupación de esa misma plaza para hacer frente a dicho costo.
Imposibilidad de ajuste: Los aumentos en insumos y paritarias no pudieron ser trasladados plenamente a las tarifas debido a la caída del poder adquisitivo de los turistas, quienes viajaron con presupuestos sumamente acotados y atados a promociones bancarias.
Existe un marcado contrapunto entre el balance del sector privado y las estadísticas difundidas por el municipio. Mientras los reportes estatales hablan de porcentajes de ocupación cercanos al 80%, la hotelería formal advierte que esos números no reflejan la realidad comercial.
La principal divergencia radica en que las mediciones oficiales incluyen a la oferta extrahotelera (departamentos y casas de alquiler temporario). El sector formal reclama que, si bien esta oferta es válida, gran parte opera sin estar debidamente censada, regulada ni sujeta a las mismas obligaciones fiscales y normativas (como la presentación anual de planos eléctricos), generando una competencia asimétrica.
El dato más alarmante sobre la crisis del rubro no es estacional, sino histórico. La ciudad sufrió una pérdida masiva de su infraestructura de alojamiento: de los 150 hoteles que llegaron a operar en el distrito, hoy sobreviven apenas unos 60.
Desde mediados de la década del 90 no se registran aperturas de nuevos hoteles desde cero. Por el contrario, la tendencia anual es el cierre definitivo o la reconversión de los edificios en residencias, departamentos de alquiler anual o dependencias administrativas.
Para evitar que la caída se profundice en las próximas temporadas, el sector exige un abordaje integral basado en los siguientes puntos:
Conectividad: Mejorar el estado de las rutas de acceso y recuperar vías de transporte estratégicas (tren y avión) para reconectar con las provincias emisoras de turismo históricas.
Promoción sostenida: Implementar un plan de marketing turístico constante, no solo durante el verano, para posicionar el destino en el momento en que el turista planifica su viaje.
Desestacionalización: Fomentar el turismo de reuniones (convenciones) y potenciar eventos deportivos y culturales a lo largo de todo el año para nutrir los fines de semana largos.